
Sí. Lo confieso. Me encantan las películas de catástrofes. Sobre todo esas que a los veinte minutos de empezar ya sabes quién va a morir, quién es el histérico que los va a poner a todos en peligro y quién va a tener la idea feliz que les salve. Y, por supuesto, quién va ligar con la rubia.
Todo empezó con El coloso en llamas. Desde entonces los jefes de bomberos son para mí un modelo ético y moral a seguir. No como esos alcaldes de pueblo que se mueven más bien por razones económicas, como el de Tiburón o Dante’s Peak.
Prefiero las películas de catástrofe natural, como Terremoto, Avalancha, Cuando Rrruuuge la marabuntaaaa… pero nunca le haría ascos a un Aeropuerto o un Poseidón.
La genética y la biología molecular han abierto un campo nuevo de epidemias de virus mutantes que se transmiten a través de la mirada, y el cambio climático, fuente inagotable de futuras tragedias, incluyendo glaciaciones.
Esta afición mía no tendría nada de particular si no fuera por la manera en que empieza a influir en mi vida. Las últimas lluvias han generado en mi interior una preocupación tal que a veces me cuesta conciliar el sueño. Todas las mañanas tengo que sentarme en el mismo lado del autobús para controlar el crecimiento del caudal de lo que antes era un pequeño arroyo que pasaba detrás de casa y que, poco a poco, se ha transformado en lo que ya parece un digno afluente del Ebro. A veces, incluso, me imagino subida al tejado, debajo de la lona de la tienda de campaña canadiense, con una lata de fabada litoral como único alimento, esperando que unos fornidos bomberos me rescaten. Lo que aún no tengo muy claro es cómo colocar la lona para que quede tirante y no cale. También me gustaría saber dónde venden sacos de arena para tapar puertas y ventanas. Como veis, es mucha mi preocupación. ¿Qué hago? ¿Será mejor comprar latas de melocotón en almíbar? ¿Sería capaz de comerme la comida de la gata? ¿Y a la gata? No puedo con esta desazón…
Todo empezó con El coloso en llamas. Desde entonces los jefes de bomberos son para mí un modelo ético y moral a seguir. No como esos alcaldes de pueblo que se mueven más bien por razones económicas, como el de Tiburón o Dante’s Peak.
Prefiero las películas de catástrofe natural, como Terremoto, Avalancha, Cuando Rrruuuge la marabuntaaaa… pero nunca le haría ascos a un Aeropuerto o un Poseidón.
La genética y la biología molecular han abierto un campo nuevo de epidemias de virus mutantes que se transmiten a través de la mirada, y el cambio climático, fuente inagotable de futuras tragedias, incluyendo glaciaciones.
Esta afición mía no tendría nada de particular si no fuera por la manera en que empieza a influir en mi vida. Las últimas lluvias han generado en mi interior una preocupación tal que a veces me cuesta conciliar el sueño. Todas las mañanas tengo que sentarme en el mismo lado del autobús para controlar el crecimiento del caudal de lo que antes era un pequeño arroyo que pasaba detrás de casa y que, poco a poco, se ha transformado en lo que ya parece un digno afluente del Ebro. A veces, incluso, me imagino subida al tejado, debajo de la lona de la tienda de campaña canadiense, con una lata de fabada litoral como único alimento, esperando que unos fornidos bomberos me rescaten. Lo que aún no tengo muy claro es cómo colocar la lona para que quede tirante y no cale. También me gustaría saber dónde venden sacos de arena para tapar puertas y ventanas. Como veis, es mucha mi preocupación. ¿Qué hago? ¿Será mejor comprar latas de melocotón en almíbar? ¿Sería capaz de comerme la comida de la gata? ¿Y a la gata? No puedo con esta desazón…





